miércoles 7 de diciembre de 2011

No es amor al chicharrón, sino a Lurín




Llevo más de media hora esperando un autobús que me traslade a Lurín, distrito ubicado al sur de Lima. Durante mi estancia en el Paseo Colón he contabilizado ya cuatro carros colmados. Fiel a mis principios (y mis finales) decido aguardar un transporte público que, en lo posible tenga un asiento.

Para mi suerte, una voz retumbante me “invita” a subir a un carro semivacío. Es una cobradora que a primera vista confundo –y no solo por la voz- con un malhechor. “San Bartolo San Bartolo; Lurín Lurín”, grita.

-¿Cuánto hasta Lurín?- le pregunto. -Tres soles tres soles- me responde sin pausa alguna.

Pronto, las exclamaciones encuentran respuesta. Más de una persona sube a empellones. Yo aguardo serena y cautamente. Sin embargo, observo a través de los ventanales que los asientos son ocupados uno tras otro. Entonces me aúno a la gresca y, gracias a mi complexión, consigo eludir a mis sucedáneos. ¡Lo conseguí! ¡Un asiento! Un asiento en el confín del vehículo.

A los pocos minutos, el carro, que ya había sido colmado por disímiles pasajeros, inicia su trayecto. Simultáneamente, un olor ineludible empieza a desprenderse. Es el borracho de somnolencia voraz que yace a mi lado. No solo tambalea en el asiento y roza de cuando en cuando uno de mis hombros, sino que emite ronquidos grotescos y ahuyentadores. Los pasajeros hacen hórridos gestos y se tapan las narices. Afortunadamente se va.

El asiento que dejó el ‘borrachín’ es ocupado de inmediato por una finísima y veraniega dama. Tiene la nariz respingada, la piel clara, el cabello castaño… Su presencia – debo admitirlo- detuvo mi actividad. Sin embargo, luego de tres o cuatro minutos retomo la escritura. Por ratos, la muchachita, que dicho sea de paso se lima las uñas, echa unas miradas a mis apuntes.
"Pero, no hay por qué preocuparse –medito- mi caligrafía es peor que la de un médico que escribe recetas".

Ya ha pasado poco más de una hora. Es aproximadamente la una menos cinco de la tarde. Consigo divisar a lo lejos el fabuloso Santuario de Pachacamac y su museo de sitio. El carro avanza a gran velocidad. Estoy a punto de hacer escala en el Parque del Recuerdo, un cementerio en donde se encuentran afamados personajes de nuestro país. Me paro y dirijo mis pasos hacia la puerta principal.

El clima es realmente apacible; incomparable a los cementerios sobrecargados de tumbas. Recorro el césped en donde permanecen las lápidas e inicio la búsqueda de personajes famosos.
Doy, después de tiempo, con las tumbas de dos ídolos de Universitario de Deportes: ‘Toto’ Terry y el ‘Cañonero’ ‘Lolo’ Fernández. El primero no tiene flores, pero sí una insignia que certifica su unión con la “’crema’. El segundo, permanece sin ningún tipo de emblema. La tumba de ‘Lolo’ es una tumba más, casi imperceptible a la vista de cualquier transeúnte.
"No hay que hablar del cementerio; es un lugar común"... !Cuánta razón tenía Sofocleto!



Salgo del camposanto profundamente conmovido y vuelvo a embarcarme en un microbús. Esta vez casi no hay personas. El olor de la brisa del mar y de los emblemáticos chicharrones lurinenses me devuelven el ánimo. Hay un sinfín de chicharronerías que lindan entre sí. Motiva bajarse pero opto por seguir.

Con el transcurrir de los minutos alcanzo a ver una especie de arco en cuya dovela se impone la frase “Lurín, distrito ecológico”. Es un anticipo. Ni bien el carro sobrepasa la arcada aparecen incontables fundos, jardines y viveros. Es una confluencia de aromas radiantes. Y si a ello se le suma el olor a leña que se desprenden de los ‘fritos’ chanchitos, el goce no tiene límite.

Pero Lurín es mucho más que chicharrones…A pocos metros yace San Pedro. Dos presuntos surfistas se bajan del microbús y se dirigen a esta playa llena de misterios. ¡Qué mar! A los lejos, siempre a lo lejos, se divisan los dos míticas islas. La isla madre y su hijo. Según la leyenda, Cahuillaca una doncella que vivía en el Valle de Lurín, escapose con su niño del dios Curinaya. Esta divinidad, que siempre tomaba la apariencia de un hombre pobre, se había convertido en un colibrí para dejar su semilla de vida en un lúcumo. La muchacha comió del fruto y luego quedó embarazada. Al conocer que el padre de su hijo era un “miserable”, la doncella se dio a la fuga con su niño y se ahogaron en la playa San Pedro.

Casi sin advertirlo llego al Mercado Virgen de las Mercedes. Si no fuera por los vendedores que ascendieron al micro, habría perdido de vista del escenario. Es sorprendente cómo ingresan los comerciantes a vender panes con chicharrones, alfajores, gelatinas, en fin… cuánto producto se pueda imaginar. No es necesario bajarse, el mercado está frente a las narices de uno.

He llagado por fin a mi destino: los Jardines de Nuevo Lurín. Enseguida busco la morada de mi compañero, que amablemente ofreció hospedarme.
-No pudiste llegar en un mejor momento -me dice Toño. Pasa, vamos a comer. Pensé –por un momento- que iba a degustar los mentados chicharrones, pero me equivoqué. La comida del día es Papa a la Huancaína. Tú madre se lució, le digo a mi amigo.

Antes de que caiga la tarde decido hacer otro recorrido. Esta vez el destino es la Catedral y la Plaza de Armas de Lurín. Subo a una combi y ‘Toño’, que se ha convertido en mi guía, me sugiere que nos bajemos en el Mercado Virgen de las Mercedes. Desde allí caminamos hasta la plaza de Armas, en cuyos alrededores se encuentran la Catedral, la biblioteca, la comisaria y el municipio.

Es sábado y la catedral, que tiene más de 300 años de antigüedad y cuyo nombre es homónimo de la playa que cité anteriormente, está reservada para una pareja que va a contraer nupcias.
-Qué ‘salado’, me dice Toño. El 'salado' es el esposo, le respondo. Y ríe.

En la plaza irradia una tranquilidad poco común que en el centro de Lima. El olor de los dulces que se venden por el lugar no tiene nada que envidiar al aroma de los chicharrones.
Sin embargo, a la vuelta de la Plaza el ambiente es otro. Los pobladores se dirigen con premura al estadio Guadulfo Silva Carbajal, uno de los más famosos de Lurín. ¿Juega alguien? pregunto a un vendedor de helados – Sí, Racing contra Cruzeiro- me responde. Vaya, es un estadio internacional, ironizo.

Este escenario suele albergar partidos de la Liga Distrital de Lurín y casi siempre tiene acogida entre los pobladores. Sigo mi curso. ¿Quién fue Guadulfo?, interrogo después de rato a ‘Toño’. -No sé, los mototaxis llevan inscripciones con ese nombre y una empresa de transportes también, pero no sé quién es ese ‘pata’, me dice. ¡Mira, hasta los bancos tienen su nombre!.
Días después, supe que aquel personaje era un alcalde del distrito, relegido en cinco ocasiones. Su lema “Todos dicen que yo robo, es cierto, pero hago obras”, lo pintaba de cuerpo entero.

Ya es de noche y tenemos que volver a casa. A la mañana siguiente visitamos la playa de Arica. Famosa porque en sus alrededores se encuentra un búnker de Vladimiro Montesinos.
Se contemplan mujeres con shortcitos ajustados, bikinis. Algunas más osadas toman sol en topless. Lamentablemente es momento de partir.
Antes de despedirme de ‘Toño’ y de su madre les pregunto en dónde puedo comer los mejores chicharrones.
-Ve a Puente Lurín, me responden, y salgo.
Después de un breve recorrido, decido comprar un cuarto de chicharrón equivalente a nueve monedas de Nuevo Sol. Lo guardo celosamente en mi mochila y tomo un autobús.

Ya estoy sentado. El olor de los chicharrones invade el interior del vehículo. Los pasajeros se vuelven hacia mí y echan miradas curiosas a mi bolso. Yo me hago el dormido y sueño. Sueño con Lurín.



martes 31 de mayo de 2011

La puerta

No hay llaves
en mis bolsillos de arena.
No me abren,
si llamo a la puerta.

Estoy tan solo...
en una calle de abejas.
Abejas de todo tipo:
Zánganas sin ganas
obreras, sin Brera.
Abejas sin reinos,
abejas reinas.

Estoy tan solo
En una calle de abejas,
que escapar
-al parecer-
es capear
cuales toros,
un enjambre de abejas jambres.
Un enjambre de abejas ovejas.

Estoy tan solo…

Mi rubia y ausente
ausencia
refléjase en piedras.

Estoy y no estoy.

Si yago, yago con llagas
Si danzo, danzo sin fuerzas.

Estoy tan solo…
No hay nadie…
No hay nadie adentro y afuera.
Sólo y solo un enjambre de jambres.

Sólo y solo el sol..
Sólo y solo 'toc 'toc'...
Y sólo y sola la puerta.

viernes 22 de abril de 2011

"La princesa Chavela"



Isabel Chimpu Ocllo llamábase una ñusta del incario, madre del Inca Garcilaso de la Vega, según he leído en una enciclopedia de Historia del Perú. Conocía ya ese dato. Sin embargo, muchos de ustedes- especulo- han de ignorarlo, y no los culpo. Mi ex colegio adoptó aquel nombre como homenaje histórico. Y es que claro, había que conmemorar a la procreadora del famoso cronista mestizo. ¡Menudo homenaje que le hicieron!

Estudié pues en aquel colegio de nombrecitos peculiares. Por lo menos se sabía que ese ignoto personaje era una mujer. Isabel era un nombre formal y prudente, pero el apellido distaba mucho de serlo. Así que decidí llamar a la mamá del Inca Garcilaso, y también de los dispares estudiantes, “Chavela”. Chavela Chimpu Ocllo. Era un encaje perfecto.

¿Pero quién era Chavela? Hubo de pasar tres o cuatro años para que encontrara por fin una respuesta. Solían preguntarme amigos en común por mi colegio. Yo no les preguntaba por los suyos, pero ellos lo hacían resueltos. No contentos con mi respuesta volvíanse las inquietantes vocecitas y los ceños apenas visibles. ¿Y quién fue Isabel Chimpu Ocllo? Respondía después de rato. ¿Cómo? ¿No sabes quién fue Chavela? Y apartaban la mirada y silenciaban de repente.

Movido por las circunstancias, decidí por fin investigar en los libros de historia. La biblioteca de la escuela solía estar abierta, pero muy pocos la visitaban. Solo adentré una vez, y no precisamente para buscar algún libro. Mis amigos y yo requeríamos de un lugar que nos permitiera jugar a las cartas y como el patio era escenario de profesores viandantes, la biblioteca parecía ser el cubil idóneo. El ambiente era incomparable, mesas largas, sillas, templanza, silencio.

La bibliotecaria de la escuela era una ancianita que por lo general dormía en un taburete. Como visitantes debíamos guardar compostura y, en efecto, lo hicimos. Hablábamos quedo, si reíamos nuestras manos debían acallar la risa. En suma, no hacíamos desmanes. Además terminamos por leer en la biblioteca. Claro, no leímos libros, pero sí las cartas. Toda práctica de lectura al fin y al cabo es productiva.

En casa mi padre poseía una vasta colección de libros. Tomos de Historia, de Literatura, de Geografía... así que en ese sentido me fue fácil indagar. Cursaba el quinto año de media y recién tenía conocimiento real de la vida de “Chavela”. Que era una princesa inca, nieta de Túpac Yupanqui. Que contrajo matrimonio con un capitán español, cuyo nombre era homónimo del Inca mestizo.

No sucedió lo mismo con mis compañeros. Ellos desconocían la vida de Chavela. Quién será esa, decían con desdén. Algunos sí se atrevían a responder. ¿Esposa de Manco Cápac, no? Yo me mofaba de ellos, sin justificación, por supuesto. Quién era yo para criticarlos, apenas si había descubierto a la princesa inca.

!Ay chavela! !chavela! !chavela! Cómo ha de sentirse si viviese la señora Chimpu Ocllo. Sus herederos uniformados yacían en una perpetua ignorancia. Les daba igual si aquella era una princesa o una montonera; pero cuando rivalizaban con los estudiantes de otros colegios, ahí sí se jactaban de ser Isabelinos. "¡Yo soy del Chimpu hasta la muerte!", decían. Algunos más avezados hasta se iban a las manos. Todo por defender el honor de su “querido” colegio.

La escuela era amplísima. Había en ella cuatro lozas deportivas, un pampón que fungía como un estadio de fútbol y salones incalculables, que también eran utilizados como escenario de nuestros juegos. En los confines se encontraban los huertos y una cochera. A veces nos aventurábamos explorar aquellos lugares. Cazábamos abejas, avispas, abejorros y luego los exhibíamos como auténticos trofeos. En ocasiones eran libélulas las que apresábamos con bolsones sofisticados.

Valía la pena, éramos reconocidos por nuestros condiscípulos con vítores y muestras de afecto, en especial de las mujeres. A ellas les agradaban más las abejas.”Una abeja reina para otra abeja reina”.

En tres oportunidades me escapé de la escuela. A pesar de mi inquietud y descontrol, nunca me sedujo la idea de salir del colegio por otro lugar que no fuera el portón principal. Pero había veces que ya no podía soportar más, en especial los días de festividad. Siempre nos hacían formar filas en el patio central. Apretujados, aburridos. Mejor era irse, no había duda. La primera y segunda vez salí con otros cuatro compañeros por la cochera de la escuela. Solía estar abierta al igual que la biblioteca. Los cuidadores ni se inmutaban. La tercera vez trepé la pared cual hombre araña. Fue el momento más alarmante. Un auxiliar había captado el instante en el cual mis amigos y yo nos dirigíamos a una pared semiescalonada. Fui el último en escalarla. Para que no llegara a reconocerme, me aventé desde aquella pared que presumo, debió ser de seis o siete metros, y caí a un arenal. El dolor ni lo sentí, estaba asustadísimo. !Gracias, Chavela, por salvarme!, decía para mis adentros.

Se dice por lo general que recordar es volver a vivir ; a veces – hay que decir- vivir es volver a recordar. Hoy domingo, fecha usual para los partiditos de fútbol, he vuelto a recordar con mis viejos amigos de escuela, las anécdotassiempre ricas e imperecederas de un pasado presente. Y aunque aún desconozcan la identidad de Chavela, pues, al menos saben quién fue el Inca Gracilaso de la Vega.

lunes 7 de febrero de 2011

Azul

He de mirar tu rostro
En otros rostros
Tus labios en otros labios
Tus ojos en otros ojos...

He de encontrar rosas
Girasoles, geranios
Flores que primaveren otoños
Ramos que afloren tus manos

He de buscar palabras
versar prosas
Prosar versos
He de escribir tu nombre en cerros

Todo he de hacer
He de emigrar hacia tu norte, Azul
Tocar la puerta del alba
Y encargar a su luz, mi luz.

martes 25 de enero de 2011

La princesa dorada

Aquella tarde vestía un short ajustado, una blusita de tirantes y grandes gafas oscuras. Las piernas claras se contorneaban lentamente, los hombros descubiertos brillaban como faroles, al igual que sus lentes. Caminaba inmutable, ni las acechanzas de ordinarios peatones la amedrentaban. Solo el transitar de los carros sosegaba su marcha, pero inmediatamente la reiniciaba cuando el semáforo cambiaba de color.

Yo me encontraba en el otro extremo de la calle. La distinguí al primer atisbo. Sus largos cabellos dorados flotaban sobre un mar de cabezas. Era alta, rubia y portentosa. Parecía un personaje de ensueño.
Su pausado caminar hizo reducir la velocidad de mis pies. Quería acercármele, entonces decidí cruzar la pista. Ingresó –recuerdo- a un café. Había oscurecido, mi reloj de celular marcaba las 6:00. Hacía una hora que la seguía y hacía una hora también que el viento soplaba fortísimo. En un momento nuestras almas deambularon solísimas por una calle desierta, de parterres estrechos y suntuosas casonas.

El frío fue menguando a medida que sorbía café. La bella joven se había desprendido de sus gafas. Sus claros ojos fulguraban y su tez de arrebol yacía intacta. Miré de nuevo el celular. Ocho llamadas perdidas de Ceci. Lo apagué.
Estaba ahí, sola, misteriosa, bellísima. Todos se volvían hacia ella para contemplarla. Algunos bienvestidos comentaban a viva voz sobre la muchacha. “Gente estúpida, se contentan con alardes”, pensé. Me levanté de improviso y desfilé hacia el rubio destino.
- Hola – dije. No respondió. Sacó de su bolso un brillo labial y se miró a través de un espejo.
-Hola– repetí-, esta vez tembloroso. Pensé que… Interrumpió inesperadamente y habló calma, sin mirarme a los ojos:
-¿Por qué te llamo la atención?
Quedé paralizado, no atiné a responder.
- no cualquiera persigue a una mujer como lo has hecho tú – dijo.
Salí cuán rápido pude del lugar y no paré hasta el primer paradero. Cogí un taxi y me dirigí a casa.

Al día siguiente desperté tarde, había olvidado activar el despertador de mi celular. Lo prendí. Más llamadas perdidas de Ceci. Le escribí: “Estoy de salida, nos vemos en la universidad”.
Después de clases encaminé hacia su salón. Acaba de salir, apenas si me miró.No decía nada.Intentaba enmendar mi falta hablándole quedo y diciéndole cursilerías. No tardo en disculparme. Para infortunio mío, Ceci requirió de mi compañía, debía reunirse con sus amigos sabe uno en qué lugar.
Caminamos tomado de las manos. La mía sudaba como nunca antes, cada tanto la separaba bruscamente de la suya para limpiármela. No hablaba, solo escuchaba su chillona voz; de fondo, el sonido de los cláxones acompañaban su discurso. Asentía en todo. Fingía sonreírle. Habíamos llegado.

En el ostentoso lugar encontramos a sus amigos. Me los presentó. Saludé tímidamente y tomé asiento. Me apoyé sobre el espaldar de la silla y dirigí mi mirada una, dos, tres, incontables veces hacia la calle. Había terminado mi café desde hacía rato y la conversación entre Ceci y sus amigos también. Advertí que se levantaban de sus asientos.Los imité. Pronto las sillas quedaron vacías.

Afuera el viento corría. Despedimos a sus amigos y caminamos. Ceci tomó una de mis manos y empezó a juguetear con ella. “Creo que empezaré a usar guantes” pensé.Y es que mi siniestra se escurría. De repente Ceci se topó con alguien y dejo caer su bolso. Gritó e increpó a su atacante. La persona refutó: - ¡Fíjese por donde camina! ¡La vereda no es su pasarela! -. Advertí a tiempo que una grácil figurita rubia iniciaba su retiro. Alcancé a mirarla. Ella volteó y fijo sus ojos en los míos un instante. Era la rubia, esta vez no tenía gafas ni diminutas prendas, por el contrario, llevaba un hermoso vestido de princesa.

No calmé a Ceci, la dejé hablando sola. Pensaba en aquella princesa dorada, tan encantadora, tan extravagante, tan hermosa. Había entrado al lugar en el que momentos antes estábamos Ceci sus amigos y yo. Recordé entonces la calle desierta de parterres y casonas, aquel era el café.

Ceci subió a un autobús atestado y se despidió haciéndome un gesto con sus manos. Asentí con la cabeza y empecé a andar. Compré cigarrillos. Tardé más de un minuto en abrir la cajetilla. Cuando logré mi propósito cayeron al piso la mitad de los pitillos. Los pateé y dije: “Cuando te acabe entraré al Café”.
Un minuto después solo quedaba la colilla del cigarro, decidí fumar otro, a lo que le sucedió otro y otro y otro. “Tal vez se haya ido, entraré”, pensé.

Adentré. El lugar yacía colmado. Eché un vistazo. Estaba ahí, sola. Busqué por todos lados una mesa vacía, pero increíblemente no hubo ninguna. Miré de nuevo a la rubicunda, había demasiado espacio para un comensal más, pero no, no era posible. Resolví volverme. Antes de que me retirara, una voz melodiosa, dulce y enérgica se oyó en el Café. El silencio acalló todavía más: “Oiga Chico de la camisa a cuadritos, tome el asiento que está junto al mío” .No podía creerlo, era su voz. Las viejas hacían desdeñosos gestos y murmuraban, los bienvestidos no dejaban de mirarla, incrédulos. Me dirigí a paso lento. Tanta era la sorpresa que hasta un mozo casi deja caer las tasas de café. Tomé asiento y pedí el negro líquido. Ni me miró.

-Gracias- le dije. No respondió. Proseguí: -No sé por qué tanta sorpresa, no dejan de mirarnos, perdón – corregí a tiempo-de mirarte. -La sorpresa ha de llevársela usted-dije-.
A lo que respondió: -Ya me acostumbré. Sabe, acudo aquí los últimos días de semana. Visito este lugar desde siempre, antes lo hacía acompañada.
-Ya entiendo – me limité a responder-
-No, no entiende- replicó- .Al poco tiempo habló nuevamente, esta vez fijo sus ojos en los míos. Yo los aparté.-Ayer no respondió a mi simple pregunta, espero que esta vez lo haga y no se corra como niñita-.
Sonrojé. Mis manos temblaban no de frío, sino de exaltación. Esa mujer me intimidaba, y de qué manera.
-Me parece extravagante, misteriosa, atípica -dije-
Se rió. Por vez primera contemplaba su sonrisa.
-¿Extravagante? apenas me ves ¿y ya me calificas? pues espero darme cuenta de cuando lo sea, dijo entre risitas.
-Solo es mi opinión - contesté-
Repentinamente se levantó y amagó con irse.
-Me tengo que ir-dijo-.
Permítame acompañarla-le dije-. No contestó. Inició su retiro. Yo la seguí.-¿Puedo saber su nombre?-pregunté tímidamente.
-Amanda- contestó.
-¿Vive lejos de aquí? –dije-
-Cerca- respondió.
-Puedo acompañarla?
-Bueno- dijo, apática-

Erré, no era tan alta. Solo me llevaba unos cuántos centímetros. Quise iniciar una conversación interesante, pero fracasé. En cambio ella no tuvo ningún reparo en hablar.
-Sabe, ahora que lo veo bien, se parece a un amigo gay. No digo que sea gay, lo que digo es que se parecen. Lo detesto.
Me sorprendí, pero traté de decir algo. – ¿Por qué lo detesta?
-Porque es bien gay, se cree más nena que yo; pero me es indiferente, sé lo tanto que desearía ser yo.
Sonreí.
-Me lo imagino, es usted muy bella; es más, si yo fuera mujer, desearía ser usted-dije-.
-Muchas mujeres –dijo-son hermosas por naturaleza, algo que no escogieron tener, pero que naturalmente se les ha dado; en cambio lo que ni una mujer tiene así porque sí es la belleza genuina. Esta se adquiere, no se nace con ella.
No me dejó responder. Habíamos llegado a una enorme casa. Se detuvo.
-Gracias- me dijo- Y se fue.
Las semanas siguientes se convirtieron en constantes encuentros; acudía viernes y sábado al café. Siempre le ofrecía mi compañía nocturna, ella aceptaba sin aparente interés.

Cierto día advertí que sacó de su bolso un sobre.
-Es una carta-me dijo- Alguien me escribió-. Bastó segundos para que arrugara su nariz y, también la carta. –Qué asco-dijo- no la abriré. Se levantó y se dirigió a un tacho de basura. -Detesto las cartas con colonia de hombre-gritó-.
No era convencional, no gustaba de rosas, ni de peluches, tampoco de chocolates; por el contrario, disfrutaba del color de los girasoles, de las conversaciones de noche, de los poemas inéditos y de las motocicletas. Pronto supe que era escritora y que gustaba ver en ocasiones “football” y pronto ella supo, o así lo quiero creer, que yo tomaba el fútbol en serio(demasiado en serio como para suplir a la convencional pelota por otros objetos) y que gustaba de escribir “cosas”.

Está de más decir que dejé de ver a Ceci. A pesar de ello sus llamadas siguieron siendo continuas.

Un viernes no encontré a Amanda en el café, el siguiente sábado tampoco. La semana siguiente la encontré, sí; pero yacía más frívola. Durante nuestro paseo de noche me confesó que no se sentía atraída por escritorzuelos despeinados, "cara de locos" y trajicómicos” (esto es según ella: camisones a cuadros, pantalones raídos y zapatos de vaquero). Supuse que se despedía de mí. Lo entendí y me despedí de ella.
-Qué feo te despides- dijo irónica.
No la volví a ver más hasta dos semanas después. La encontré entretenida con un bienvestido más alto que ella y bien peinado. Salí raudo del café. Mi celular lloraba, Ceci lloraba. La rubia reía, el bienvestido reía. Di un puntapié al celular, cual balón de fútbol y camine sin rumbo otra vez.

lunes 6 de diciembre de 2010

"La mujercita"

Sabe uno cómo la miraba. Quizá mis ojos se asemejaban a ojazos de pulpo. Quizá mis parpados no oscilaban por temor a dejar de verla, segundos. Si los gritos de una enojada señora no retumbaban en mis oídos, probablemente hubiese seguido mirándola, a pesar de ya no encontrase allí.

Recuerdo que devolvió mi mirar con cierto recelo. Sabía quien era. Me había visto algunas veces, en el mismo lugar de siempre.
Usualmente se recuerdan las cosas primeras que le acontecen a uno; por mi parte, los últimos hechos son –casi siempre- más oportunos: el último beso, el último partido de fútbol, el último amor.
La mujercita, sabe uno cómo se llame, se encontraba en pie mientras examinaba pomposas frutas. Creo que de tanto ver, se animó por elegir manzanas ¿o eran peras? Yo, situado a pasos de de ella pude compararla. Había crecido de sobremanera, su presencia desconcertaba. El rostro yacía más primoroso y grácil que antes, los ojos grandes y fijos; seguían manteniendo sus tonos de miel, los labios sí no habían cambiado, pequeñitos y herméticos, causaban el mismo delirio de antaño. Lo que más me asombró fue verle los pechos grandes. Era inevitable observar su escote. A veces Se crece más rápido de lo que se cree.
En todos nuestros encuentros, habrán sido cinco o seis, no pasó por mi mente acercármele. Su sola presencia bastaba para quedar paralizado. Aún cuando contemplase sus cándidas mejillas o el subyugante fulgor de sus labios… ¡Ay! ¡Pero que estremecimiento recorre todo mi cuerpo!

El número de sus años es lo que más me perturba. Hacía un tiempo (presumo dos años) le calculaba 15 ó 16. Más allá de eso, ansío verla. La veo en todos lados. Incluso entre estas líneas. Nadie puede sustituir su angelical rostro.

Sé dónde encontrarla, en el súper mercado de la calle X. Probablemente los fines de semana, y por las mañanas. La vez anterior también compraba frutas, si mal no recuerdo. Tal vez viva no muy lejos de casa. A lo mejor se encuentre sola. Es raro que una morenita como esa acuda al súper mercado sin compañía. Por lo que advertí, ha de ser tímida y desconfiada. Sus ojos me lo dicen. Posiblemente viva con pocas personas, tal vez solo con la madre (si es que la tiene). Ha de ser hija única.

Más allá de las especulaciones, esperaré el próximo fin de semana para verla. No me interesa hablarle. Tampoco pretendo escuchar su voz, ya me he decepcionado en numerosas oportunidades. “A lo sumo hablaré para mis adentros fruslerías momentáneas. A lo sumo la querré en mis pensamientos. Y cuando se vaya, me volveré y evocaré su postura, su adusta mirada, su castaño cabello terso y la seguiré mirando”.

domingo 25 de julio de 2010

Quimera

Eran sus ojos
pública invitación al embelezo

Eran sus labios
pequeños destellos
osados
bermejos

Eras tú
quimera incipente
Que nace
y en el instante muere