Llevo más de media hora esperando un autobús que me traslade a Lurín, distrito ubicado al sur de Lima. Durante mi estancia en el Paseo Colón he contabilizado ya cuatro carros colmados. Fiel a mis principios (y mis finales) decido aguardar un transporte público que, en lo posible tenga un asiento.
Para mi suerte, una voz retumbante me “invita” a subir a un carro semivacío. Es una cobradora que a primera vista confundo –y no solo por la voz- con un malhechor. “San Bartolo San Bartolo; Lurín Lurín”, grita.
-¿Cuánto hasta Lurín?- le pregunto. -Tres soles tres soles- me responde sin pausa alguna.
Pronto, las exclamaciones encuentran respuesta. Más de una persona sube a empellones. Yo aguardo serena y cautamente. Sin embargo, observo a través de los ventanales que los asientos son ocupados uno tras otro. Entonces me aúno a la gresca y, gracias a mi complexión, consigo eludir a mis sucedáneos. ¡Lo conseguí! ¡Un asiento! Un asiento en el confín del vehículo.
A los pocos minutos, el carro, que ya había sido colmado por disímiles pasajeros, inicia su trayecto. Simultáneamente, un olor ineludible empieza a desprenderse. Es el borracho de somnolencia voraz que yace a mi lado. No solo tambalea en el asiento y roza de cuando en cuando uno de mis hombros, sino que emite ronquidos grotescos y ahuyentadores. Los pasajeros hacen hórridos gestos y se tapan las narices. Afortunadamente se va.
El asiento que dejó el ‘borrachín’ es ocupado de inmediato por una finísima y veraniega dama. Tiene la nariz respingada, la piel clara, el cabello castaño… Su presencia – debo admitirlo- detuvo mi actividad. Sin embargo, luego de tres o cuatro minutos retomo la escritura. Por ratos, la muchachita, que dicho sea de paso se lima las uñas, echa unas miradas a mis apuntes.
"Pero, no hay por qué preocuparse –medito- mi caligrafía es peor que la de un médico que escribe recetas".
Ya ha pasado poco más de una hora. Es aproximadamente la una menos cinco de la tarde. Consigo divisar a lo lejos el fabuloso Santuario de Pachacamac y su museo de sitio. El carro avanza a gran velocidad. Estoy a punto de hacer escala en el Parque del Recuerdo, un cementerio en donde se encuentran afamados personajes de nuestro país. Me paro y dirijo mis pasos hacia la puerta principal.
El clima es realmente apacible; incomparable a los cementerios sobrecargados de tumbas. Recorro el césped en donde permanecen las lápidas e inicio la búsqueda de personajes famosos.
Doy, después de tiempo, con las tumbas de dos ídolos de Universitario de Deportes: ‘Toto’ Terry y el ‘Cañonero’ ‘Lolo’ Fernández. El primero no tiene flores, pero sí una insignia que certifica su unión con la “’crema’. El segundo, permanece sin ningún tipo de emblema. La tumba de ‘Lolo’ es una tumba más, casi imperceptible a la vista de cualquier transeúnte.
"No hay que hablar del cementerio; es un lugar común"... !Cuánta razón tenía Sofocleto!
Salgo del camposanto profundamente conmovido y vuelvo a embarcarme en un microbús. Esta vez casi no hay personas. El olor de la brisa del mar y de los emblemáticos chicharrones lurinenses me devuelven el ánimo. Hay un sinfín de chicharronerías que lindan entre sí. Motiva bajarse pero opto por seguir.
Con el transcurrir de los minutos alcanzo a ver una especie de arco en cuya dovela se impone la frase “Lurín, distrito ecológico”. Es un anticipo. Ni bien el carro sobrepasa la arcada aparecen incontables fundos, jardines y viveros. Es una confluencia de aromas radiantes. Y si a ello se le suma el olor a leña que se desprenden de los ‘fritos’ chanchitos, el goce no tiene límite.
Pero Lurín es mucho más que chicharrones…A pocos metros yace San Pedro. Dos presuntos surfistas se bajan del microbús y se dirigen a esta playa llena de misterios. ¡Qué mar! A los lejos, siempre a lo lejos, se divisan los dos míticas islas. La isla madre y su hijo. Según la leyenda, Cahuillaca una doncella que vivía en el Valle de Lurín, escapose con su niño del dios Curinaya. Esta divinidad, que siempre tomaba la apariencia de un hombre pobre, se había convertido en un colibrí para dejar su semilla de vida en un lúcumo. La muchacha comió del fruto y luego quedó embarazada. Al conocer que el padre de su hijo era un “miserable”, la doncella se dio a la fuga con su niño y se ahogaron en la playa San Pedro.
Casi sin advertirlo llego al Mercado Virgen de las Mercedes. Si no fuera por los vendedores que ascendieron al micro, habría perdido de vista del escenario. Es sorprendente cómo ingresan los comerciantes a vender panes con chicharrones, alfajores, gelatinas, en fin… cuánto producto se pueda imaginar. No es necesario bajarse, el mercado está frente a las narices de uno.
He llagado por fin a mi destino: los Jardines de Nuevo Lurín. Enseguida busco la morada de mi compañero, que amablemente ofreció hospedarme.
-No pudiste llegar en un mejor momento -me dice Toño. Pasa, vamos a comer. Pensé –por un momento- que iba a degustar los mentados chicharrones, pero me equivoqué. La comida del día es Papa a la Huancaína. Tú madre se lució, le digo a mi amigo.
Antes de que caiga la tarde decido hacer otro recorrido. Esta vez el destino es la Catedral y la Plaza de Armas de Lurín. Subo a una combi y ‘Toño’, que se ha convertido en mi guía, me sugiere que nos bajemos en el Mercado Virgen de las Mercedes. Desde allí caminamos hasta la plaza de Armas, en cuyos alrededores se encuentran la Catedral, la biblioteca, la comisaria y el municipio.
Es sábado y la catedral, que tiene más de 300 años de antigüedad y cuyo nombre es homónimo de la playa que cité anteriormente, está reservada para una pareja que va a contraer nupcias.
-Qué ‘salado’, me dice Toño. El 'salado' es el esposo, le respondo. Y ríe.
En la plaza irradia una tranquilidad poco común que en el centro de Lima. El olor de los dulces que se venden por el lugar no tiene nada que envidiar al aroma de los chicharrones.
Sin embargo, a la vuelta de la Plaza el ambiente es otro. Los pobladores se dirigen con premura al estadio Guadulfo Silva Carbajal, uno de los más famosos de Lurín. ¿Juega alguien? pregunto a un vendedor de helados – Sí, Racing contra Cruzeiro- me responde. Vaya, es un estadio internacional, ironizo.
Este escenario suele albergar partidos de la Liga Distrital de Lurín y casi siempre tiene acogida entre los pobladores. Sigo mi curso. ¿Quién fue Guadulfo?, interrogo después de rato a ‘Toño’. -No sé, los mototaxis llevan inscripciones con ese nombre y una empresa de transportes también, pero no sé quién es ese ‘pata’, me dice. ¡Mira, hasta los bancos tienen su nombre!.
Días después, supe que aquel personaje era un alcalde del distrito, relegido en cinco ocasiones. Su lema “Todos dicen que yo robo, es cierto, pero hago obras”, lo pintaba de cuerpo entero.
Ya es de noche y tenemos que volver a casa. A la mañana siguiente visitamos la playa de Arica. Famosa porque en sus alrededores se encuentra un búnker de Vladimiro Montesinos.
Se contemplan mujeres con shortcitos ajustados, bikinis. Algunas más osadas toman sol en topless. Lamentablemente es momento de partir.
Antes de despedirme de ‘Toño’ y de su madre les pregunto en dónde puedo comer los mejores chicharrones.
-Ve a Puente Lurín, me responden, y salgo.
Después de un breve recorrido, decido comprar un cuarto de chicharrón equivalente a nueve monedas de Nuevo Sol. Lo guardo celosamente en mi mochila y tomo un autobús.
Ya estoy sentado. El olor de los chicharrones invade el interior del vehículo. Los pasajeros se vuelven hacia mí y echan miradas curiosas a mi bolso. Yo me hago el dormido y sueño. Sueño con Lurín.
